Era una memorable noche, aquel 8 de abril; Jorge Eliécer Gaitán y sus amigos se encontraban en el restaurante Morrocó de 1948 (aclaro que también era un bar, ubicado en la localidad de Kennedy, Bogotá) festejando una más de sus victorias, el proceso y la audiencia de Jesús María Cortes en la que había conseguido una segunda absolución, que en este caso solo mencionaremos por que para este escrito carece de relevancia. Al compás de una buena música y un exquisito vino, elementos propios de un ambiente frecuentado por dirigentes políticos y al que cualquier ciudadano común, con su mísero salario no podría visitar, ni mucho menos comer una cena. Con esto pretendo resaltar una misteriosa pregunta que ronda por mi mente, ¿será que alguna vez el jefe del partido liberal colombiano se detuvo a pensar cómo moriría, cuándo y qué consecuencias ocasionaría esta? Lo digo porque cualquier ser humano por más ocupado o famoso que sea, siempre medita en todo aquello que le otorga un sentido a su existencia, en este caso la muerte.
Siguiendo con la narración e intervención de alguna que otra interpretación subjetiva, aludo un hecho que pocos concebirían, digo pocos para no incidir en un error que cometemos diariamente, generalizar.
Cuenta la historia que nuestro protagonista apareció en su casa a eso de las cuatro de la mañana, luego de la pequeña reunión donde solo tomarían un “ligero refrigerio”, Ese propósito de retirarse temprano para descansar en casa, a menudo queda postergado cuando aparece en la escena unos buenos tragos, supongamos que para esta ocasión tomarían whisky, o quizás un suave coctel de frutas, porque no creo que comensales de tan alta posición estuvieran consumiendo los mismos manjares de un humilde festejo propios de la clase obrera a quien apreciaba tanto nuestro caudillo. Son detalles que obviamos de las historias pero son estas particularidades las que asignan un carácter y una identidad a Jorge Eliécer Gaitán.
Este hombre evoca la figura de un verdadero caudillo, valiente y fiel a sus principios. Que jamás hubiera imaginado lo que sucedería ese preciso día, cuando se levantaba con más ánimos, con anhelos de trabajar y con la esperanza fijada en un país, el mismo que lo vería sucumbir a la 1:55 minutos del conmemorado 9 de abril.
El ultimo respiro que desató “la revolución”
Fueron cuatro detonaciones, tres los impactos en su cuerpo los que dieron inicio al correr desmedido, al ¡auxilio!, a la aglomeración de transeúntes que en contado tiempo siempre está presente, ahí en el lugar de los hechos, expectante a la desgracia del prójimo y ajeno a ella. El cuerpo agonizante de Jorge Eliécer Gaitán fue llevado inmediatamente a la clínica central en Bogotá, lugar que Hernándo Téllez nos describe con precisión, evidenciando su dirección, por si algún día nos interesa dar una vuelta por allí, reconstruir las imágenes de nuestro pasado y, por qué no, indagar sobre el recuerdo, actor principal de la memoria.
La historia es violenta y propia de un asesino fanático pero es posible que sea una de las más fáciles de contar, por eso dispondré los siguientes párrafos para narrar una pequeña síntesis de lo que sucedió cuando el corazón del jefe del partido liberal dejó de latir.
Mientras que él se convertía en uno más de los difuntos de este país , los habitantes de Bogotá poseídos por el mal, asecharon al asesino, criminal que no obtuvo perdón, ni mucho menos misericordia de la “danza de la locura”, sinónimo también de sangre, gritos y quebrantos del homicida que susurraba “no me deje matar, mi cabo”.
El poder del medio y el periodista intervienen de una manera muy importante en este conflicto, son ellos los que divulgaron la identidad del “bobo”, como apodaba la madrasta a Juan Roa Sierra, asesino que tenía antecedentes de enajenaciones mentales. De nuevo los medios intervienen pero de una manera inconsciente y desmedida, acentuada en la difusión de mensajes violentos e incentivos para que las personas se “apoderasen de las armas, herramientas y explosivos”. Gracias a esta convocación, la sublime revolución hizo estragos; los periódicos no podían circular por falta de electricidad y la gente demostraba a las afueras de los periódicos la necesidad de estar informada.
Con todo el caos que gobernaba la ciudad, el presidente Ospina Pérez atendió en su despacho a dirigentes con propuestas para ponerle fin a esta anarquía; sin lugar a duda la solución más acertada la proponía Darío Echandi, quien respaldado del liberalismo decidió hallar una salida apegada a la constitución. La misma que lo señala como “sucesor del jefe desaparecido” y lo nombra ministro de gobierno.
A pesar de esto Bogotá fue una confusión, 24 horas gobernadas por los revoltosos, los policías, los civiles e incluso militares de la guerra de los mil días protagonizaban la contienda y la disputa de la revolución. Luego de incrementarse el caos, la fuerza armada tomó medidas drásticas, aviones aéreos se encargarían de intimidar al tumulto desenfrenado, con un solo objetivo: volver a la normalidad lo poco que quedaba y que se podía divisar a través del humo y el genocidio.
Todos los establecimientos estaban cerrados, el gobierno había declarado ley marcial. Así que nadie podía atreverse a salir de casa, ni aún el más osado de los habitantes de Bogotá podía quebrantar la orden, pues las calles permanecían llenas de vehículos oficiales acompañados de soldados armados dispuestos a restituir la ley.
Fueron un incalculable número de muertos los que hoy yacen en algún cementerio de la ciudad, olvidados y mencionados a menudo en protocolarios homenajes a Jorge Eliécer Gaitán, quien también se extingue a lo largo de la historia, bebido al nacimiento de nuevos y modernos héroes de la humanidad.
Así como se termina una vida, se termina una historia, solo nos queda manifestar: un gran aplauso, sobre la tumba donde nuestro héroe fue enterrado.
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