Una Mirada De Bronce

Una Mirada De Bronce

miércoles, 13 de abril de 2011

El Sepulturero Está Aliado Con La Muerte


Todas las ciudades del mundo esconden en sus cementerios, un fragmento de historia.  Juan Luis Guerra eligió  las tumbas, los difuntos y las almas para construir  su vida  y preparar su muerte.
Juan Luis, nunca ha podido definir la muerte. A sus 75 años de vida,  ha convivido 47  con ella;  acostumbrado a  ver el dolor  y el llanto que deja la partida del prójimo, se levanta todos los días a las cuatro de la mañana, o muchas veces sin saber la hora, se mete a la ducha, se viste y mira su reloj,  observa que es media noche, tiempo perfecto para visitar a sus huéspedes, a si es como él llama, a los más de 600 muertos que yacen en el cementerio donde vive y trabaja.
Media hora, es el tiempo que emplea para llegar al cementerio Jardines de la Paz, ubicado en la carrera 17, en el municipio de Barbosa (Antioquia). Escenario de trabajo que se ha convertido en su casa; allí, Juan Luis construyó una habitación hace una década,  En ella lo acompañan una cocina improvisada, ollas, cucharones de sopa y una especial taza multicolor, que le regaló Pablo Álzate,  hace unos 10 años;  en ese entonces, era un pequeño amigo de 8 años que enterraba el cadáver de su madre,  quien había padecido un cáncer de seno.
La media noche
Muchos habitantes de Barbosa, dicen que Juan Luis tiene el alma en pena , pues desde las dos de la mañana se le ve, abriendo la puerta del cementerio, vestido con un delantal negro, luciendo como un caza fantasma. Pero a él, poco le importa lo que piense la gente, pues en su vida solo anhela, vivir con la muerte, esperarla y  preparar su llegada.
“Por la noche llegan muchos espíritus”  -contó el día en que lo visité por primera vez-. Son como hombres, unos de piel blanca y vestidos con  túnicas negras, otros con vestidos coloridos y no tan blancos; hay algunos que logra reconocer, como la señora que administraba el hotel imperial en Barbosa, ella que en sus últimos hálitos de vida había dicho que no quería que él la enterrara. Su alma estaba flaca y demacrada, “quién no, después de ver como nadie la visitaba, ni mucho menos le traía flores”.
Es por estás experiencias que Juan Luis Guerra cree en las ánimas, y deja sus sueños para venir a encontrarse con estas almas, aunque algunas ya estén pérdidas, le siguen susurrando al oído, cómo es la muerte y cómo es su olvido.
El sepulturero solo extrañaría de su vida, el compartir con los muertos. No tiene una esposa que lo espere en casa, ni mucho menos niños preguntando –papá, qué pasó hoy – o -cuéntame un cuento-. María López, su amor y su gran desdicha,  era su compañera sentimental,  Murió en un accidente el 30 de agosto del 2000.  Él la conoció  en la finca “los Betancures”,  ubicada a 10 km del municipio de Santo Domingo (Ant). Pueblo natal de Juan Luis Guerra, donde vivió sus primeros quince años y  Martín Guerra, su padre le  enseño a labrar la tierra lo mismo que a  sus seis hermanos.
 Labor de sepultar
Juan Luis está cansado y ocupado, observé la segunda vez que lo visité. las únicas palabras que me dijo fueron “no sé qué pasa, todos en Barbosa están muriendo “ A veces enterraba dos muertos al día, hacía mantenimiento, barría, y no tenía tiempo para desayunar su  chocolate, preparado en la tacita multicolores, ni sus  tres rebanadas de pan de “Alirio”, la panadería que  prepara los mejores bizcochuelos en Barbosa.
A las seis de la tarde siempre termina sus labores, limpiar las bóvedas, podar la maleza del jardín, pintar las vallas que dividen el  cementerio y nombrar las tumbas,  labor que le encargan de manera exigente, algunos dolientes. En la  lápida  debe consignarse  la fecha, el nombre del difunto y un Epitafio como éste, Analei Morales,  1978-2002 , “como esposa y madre nos diste todo tu amor, con ese mismo amor,  tu esposo y tus hijos te entregan a Dios” . Juan necesita buen pulso y pintura negra (base de aceite) para comenzar a escribir,  Marlon Olivares, 1990-2010 “disculpe señora, no puedo levantarme”.
La entrada del cementerio es grande,  mide 5 metros;  por allí,  siempre desfilan los dolientes, el cortejo fúnebre y Juan Luis Guerra. Ahí está, vestido con su ropa de trabajo, pantalones negros, botas sin lustrar y su camisa goteada de pintura blanca, de la valla, observa la multitud y saluda sus conocidos, mientras espera en la bóveda a su nuevo huésped.
En el cementerio de Barbosa hay muchas bóvedas, pero pocas como la de María Camila Álzate, su lápida permanece llena de  flores, insignias e inclusive velas encendidas;  resaltada entre el polvo y el excremento de las palomas que dejan al descubierto, el olvido por otros cuerpos. Juan cuida de la tumba de su ahijada. Diariamente recoge un paquete de claveles blancos para ella, aunque los fines de semana, además de las flores le  trae una chocolatina Jet, que él disfruta cuando llega la tarde, sentado al lado de su tumba, le cuenta cómo es el mundo y dice él,  que ella,  le narra cómo es la muerte.
Como lo dice el Halcón de la Sierra, en su canción “cuando yo me muera”,  Juan Luis Guerra quiere un homenaje a su muerte,  música,  botellas de vino y palomas. A la espera de está, vive sin miedo, la conoce y la percibe cuando aparece vestida de negro, con  bastón encorvado, camuflada en la multitud de los entierros,  llega y le susurra al oído con un tono bajo de voz para que nadie escuche  “aquí te traje un nuevo huésped”


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