Una Mirada De Bronce

Una Mirada De Bronce

viernes, 22 de abril de 2011

La Guerra del Centavo.


 
La cotidianidad, vendedores ambulantes en la plaza Botero.



La cotidianidad de los vendedores del parque volvió a la normalidad a las 2:30 de la tarde, algunos transeúntes ignoraban lo sucedido horas antes, otros,  por el contrario Escuchaban en el aire, el vocerío de una multitud pidiendo justicia que se encontraba en la alpujarra.




 
Nuestra cuidad,  nuestra historia, y una buena manera de contarla a partir de elementos tan propios como “los gordos de botero”.

Mujer”, esculpida en el año 1990, se convierte en un punto de encuentro, allí se combina la percepción de la realidad de cada individuo  y la diversidad cultural confronta la desemejanza de  las formas de vida.   A las 11:30 del 7 de abril, se  observa el tráfico tranquilo que no da muestras de la protesta contra la ley 30 de educación superior,  que ha eso de las 12:40 pm pasaba por allí.


 La cotidianidad de los vendedores del parque volvió a la normalidad a las 2:30 de la tarde, algunos transeúntes ignoraban lo sucedido horas antes, otros,  por el contrario Escuchaban en el aire, el vocerío de una multitud pidiendo justicia que se encontraba en la alpujarra.

Desde la universal nacional comenzó la aglomeración de miles de personas,  cuatro horas  y veinticinco minutos les tomo llegar  aquí,  Carabobo fue  el principal escenario, integrando no solo a los afectados sino también a mendigos y vendedores ambulantes que aprovecharon el calor del día para  vender sus productos.

lunes, 18 de abril de 2011

UNA MIRADA DE BRONCE



Más allá de una mirada, Se y artística que hoy  invade lpercibe un fragmento de nuestra historia.  La plaza de botero inaugurada  en el año 1999 es testigo  de la transformación cultural a ciudad de Medellín. Son 23 esculturas de Fernando botero las que contemplan la realidad de millones de personajes  que  acuden allí.  Turistas, vendedores ambulantes, mendigos, ejecutivos, hombres vestidos de traje informal  se pierden en el silencio perturbado,  en Cantos, en algarabías, Que claman por un ideal. Son actos como los del 7 de abril los que confirman que este lugar es un paradójico escenario entre el arte y la r
ealidad de una ciudad, Medellín.


PD. Las siguientes tres entradas hacen parten de este mismo reportaje grafico. 

miércoles, 13 de abril de 2011

El Sepulturero Está Aliado Con La Muerte


Todas las ciudades del mundo esconden en sus cementerios, un fragmento de historia.  Juan Luis Guerra eligió  las tumbas, los difuntos y las almas para construir  su vida  y preparar su muerte.
Juan Luis, nunca ha podido definir la muerte. A sus 75 años de vida,  ha convivido 47  con ella;  acostumbrado a  ver el dolor  y el llanto que deja la partida del prójimo, se levanta todos los días a las cuatro de la mañana, o muchas veces sin saber la hora, se mete a la ducha, se viste y mira su reloj,  observa que es media noche, tiempo perfecto para visitar a sus huéspedes, a si es como él llama, a los más de 600 muertos que yacen en el cementerio donde vive y trabaja.
Media hora, es el tiempo que emplea para llegar al cementerio Jardines de la Paz, ubicado en la carrera 17, en el municipio de Barbosa (Antioquia). Escenario de trabajo que se ha convertido en su casa; allí, Juan Luis construyó una habitación hace una década,  En ella lo acompañan una cocina improvisada, ollas, cucharones de sopa y una especial taza multicolor, que le regaló Pablo Álzate,  hace unos 10 años;  en ese entonces, era un pequeño amigo de 8 años que enterraba el cadáver de su madre,  quien había padecido un cáncer de seno.
La media noche
Muchos habitantes de Barbosa, dicen que Juan Luis tiene el alma en pena , pues desde las dos de la mañana se le ve, abriendo la puerta del cementerio, vestido con un delantal negro, luciendo como un caza fantasma. Pero a él, poco le importa lo que piense la gente, pues en su vida solo anhela, vivir con la muerte, esperarla y  preparar su llegada.
“Por la noche llegan muchos espíritus”  -contó el día en que lo visité por primera vez-. Son como hombres, unos de piel blanca y vestidos con  túnicas negras, otros con vestidos coloridos y no tan blancos; hay algunos que logra reconocer, como la señora que administraba el hotel imperial en Barbosa, ella que en sus últimos hálitos de vida había dicho que no quería que él la enterrara. Su alma estaba flaca y demacrada, “quién no, después de ver como nadie la visitaba, ni mucho menos le traía flores”.
Es por estás experiencias que Juan Luis Guerra cree en las ánimas, y deja sus sueños para venir a encontrarse con estas almas, aunque algunas ya estén pérdidas, le siguen susurrando al oído, cómo es la muerte y cómo es su olvido.
El sepulturero solo extrañaría de su vida, el compartir con los muertos. No tiene una esposa que lo espere en casa, ni mucho menos niños preguntando –papá, qué pasó hoy – o -cuéntame un cuento-. María López, su amor y su gran desdicha,  era su compañera sentimental,  Murió en un accidente el 30 de agosto del 2000.  Él la conoció  en la finca “los Betancures”,  ubicada a 10 km del municipio de Santo Domingo (Ant). Pueblo natal de Juan Luis Guerra, donde vivió sus primeros quince años y  Martín Guerra, su padre le  enseño a labrar la tierra lo mismo que a  sus seis hermanos.
 Labor de sepultar
Juan Luis está cansado y ocupado, observé la segunda vez que lo visité. las únicas palabras que me dijo fueron “no sé qué pasa, todos en Barbosa están muriendo “ A veces enterraba dos muertos al día, hacía mantenimiento, barría, y no tenía tiempo para desayunar su  chocolate, preparado en la tacita multicolores, ni sus  tres rebanadas de pan de “Alirio”, la panadería que  prepara los mejores bizcochuelos en Barbosa.
A las seis de la tarde siempre termina sus labores, limpiar las bóvedas, podar la maleza del jardín, pintar las vallas que dividen el  cementerio y nombrar las tumbas,  labor que le encargan de manera exigente, algunos dolientes. En la  lápida  debe consignarse  la fecha, el nombre del difunto y un Epitafio como éste, Analei Morales,  1978-2002 , “como esposa y madre nos diste todo tu amor, con ese mismo amor,  tu esposo y tus hijos te entregan a Dios” . Juan necesita buen pulso y pintura negra (base de aceite) para comenzar a escribir,  Marlon Olivares, 1990-2010 “disculpe señora, no puedo levantarme”.
La entrada del cementerio es grande,  mide 5 metros;  por allí,  siempre desfilan los dolientes, el cortejo fúnebre y Juan Luis Guerra. Ahí está, vestido con su ropa de trabajo, pantalones negros, botas sin lustrar y su camisa goteada de pintura blanca, de la valla, observa la multitud y saluda sus conocidos, mientras espera en la bóveda a su nuevo huésped.
En el cementerio de Barbosa hay muchas bóvedas, pero pocas como la de María Camila Álzate, su lápida permanece llena de  flores, insignias e inclusive velas encendidas;  resaltada entre el polvo y el excremento de las palomas que dejan al descubierto, el olvido por otros cuerpos. Juan cuida de la tumba de su ahijada. Diariamente recoge un paquete de claveles blancos para ella, aunque los fines de semana, además de las flores le  trae una chocolatina Jet, que él disfruta cuando llega la tarde, sentado al lado de su tumba, le cuenta cómo es el mundo y dice él,  que ella,  le narra cómo es la muerte.
Como lo dice el Halcón de la Sierra, en su canción “cuando yo me muera”,  Juan Luis Guerra quiere un homenaje a su muerte,  música,  botellas de vino y palomas. A la espera de está, vive sin miedo, la conoce y la percibe cuando aparece vestida de negro, con  bastón encorvado, camuflada en la multitud de los entierros,  llega y le susurra al oído con un tono bajo de voz para que nadie escuche  “aquí te traje un nuevo huésped”


martes, 12 de abril de 2011

A 120 km por hora Viaja “El camionero” para tener un final feliz.


Entre carreteras lluviosas  e innumerables parajes  recorre los luminosos paisajes de Colombia; lleva una vida peregrina  sujetada a las condiciones del tiempo y del destino,  aferrándose a una peculiar ilusión, la llegada a Barbosa (Ant). “Don Pepino” o  “Barrigonal” son algunos de los apodos que emplean sus amigos para distinguirle, los mismos que parece que han olvidado su verdadera identidad.
Harold Restrepo, es el  nombre que eligió su padre y el que hoy figura en su arrugada y deteriorada cédula, revelando  las impiedades de un arduo, fatigoso y complejo trabajo, que se convierte en su mayor pasión y encarna los mejores escenarios y actuaciones de su existencia  “ser conductor radica en  comprender que así mismo es la vida, cargar, viajar y llegar a tu destino”.
En compañía de su “cabrilla” y su palanca de “cambios”
Sentado en una hermosa poltrona de madera de cedro, sus ojos naufragan al compás del desvelo y  su cuerpo desprende un extravagante sudor. Una fatiga que no da tregua le recuerda que este es su destino, elegido por su desobediente e irreverente mentalidad enemiga de las aulas de clase. A “Don Pepino”  nunca le gustó estudiar,  aun así se graduó de constructor, de lo que hoy solo recuerda las excesivas golpizas de su padre, El secretario de educación de Barbosa que no comprendía  cómo “la ignorancia” podría ser fruto de sus genes.
A lo largo del tiempo, las circunstancias lo encaminaron en una sola dirección: una “cabrilla”  y una “palanca de cambios”  se convirtieron en sus mejores aliadas, escuchando su  narración de la vida en el campo, la impiedad con las tropas de los reclutas, que lloran la forzosa  apropiación de un gobierno  “donde solo se ensucia de barro y estiércol la pobre minoría de nosotros,  los acomodados, que nos tocó adaptarnos a la pobreza”. Pero también fueron estos dos elementos los que le  acompañaron en las angustiantes horas en las cuales fue víctima del conflicto armado colombiano.
Don pepino que mientras tiroteos, balas, aviones y soldados caídos observa como las FARC matan los conductores  y queman los camiones  en la carretera de Berrio (Ant) ,  recuerda  como las “cuscas”  quemaban su brazo por cada apagada del camión o por introducir su zapato en el acelerador, cuando se supone que era en el freno ;  Actos  que él denomina  “el inicio de mi destino,  de mi carrera” .
Mientras que la gente corría desconcertada  por los gritos y el devenir del ruido, él se encomendaba  a Dios, como única creencia; luego de presenciar un corrompido acto de un sacerdote que lo alejó de las iglesias para siempre.  Sus oraciones se limitaban a la suplica de una nueva oportunidad, porque  en ese entonces conducía un camión de gases altamente peligroso, que  podría  explotar por acción de los violentos.
“fue un milagro” exclama él, al describir cómo la guerrilla sin  ninguna consideración quemaba los camiones, hería “los camioneros” e incluso hurtaban la mejor de las mercancías, gasolina, ropa y víveres de vital importancia para subsistir cómodamente en las selvas colombianas. De esta vez y de otras dos más pudo salir ileso, “gracias a Dios” dice Don Pepino con acento fuerte.
24 horas esperando un aliento de vida
Son muchas las historias que se pueden contar  de una vida errante, que se ve pasar por los innumerables caminos colombianos, ligado a las veintidós  llantas de su tracto-camión  y con la mejor de las compañías, “Don Pepino” puede disfrutar de una agradable canción, o por qué no de los “desocupados”  locutores que “mochan cabezas y aconsejan a sus oyentes seguir adelante luego de una  ruptura de amor”. Escuchar la radio se ha convertido en una ocupación inconsciente, que le permite olvidar que después de las agotadoras jornadas de trabajo, nadie lo espera en casa.
Es el retrato de su difunta esposa y el anhelo de ver a su hijo correr, la constante motivación de esté camionero, que aparte de transportar mercancías en su tráiler, transporta en su espalda “bultos” de ilusiones, entre ellas la salud de su hijo, quien yace en una cama del Hospital Paulo Tobón Uribe, en estado de coma y sin ningún signo alentador que pueda causar a su padre una sonrisa.
Las buenas obras,  fortalecen el corazón
Una biblia en su brazo, ropa deportiva  y una cachucha que usa siempre, es el atuendo para salir de su casa a eso de las seis de la mañana. Se dispone a trotar, práctica que realiza desde que murió su esposa en el accidente aéreo el 16 de agosto del 2010 ocasionado por un rayo en la isla de san Andrés. Y del que a él,  solo le queda en la memoria,  la llamada de una agente de la fuerza aérea avisándole lo ocurrido. “lo lamento, Ana Osorno  falleció”.
“Don pepino” con sus palabras y sus gestos deja al descubierto una más de sus tristezas; el rechazo por este importante y necesario oficio que no goza de la suficiente acreditación social como cualquier otro. Desconsolado solo le queda aferrarse a algún  “motor” para recorrer las carreteras de Colombia, con una esperanza, con una ilusión o esperando un milagro, “ver a mi hijo graduarse de: ingeniero ambiental en la Universidad nacional”.
Así es este ser humano, como los miles que se encuentran en este país,  qué podría estar llorando amargamente por las infortunas del destino; pero
 hoy,  12 de marzo se encuentra consignando el dinero que mensualmente dona a una fundación llamada “visión vida”, encargada  de la alimentación  de niños desnutridos en el municipio de Barbosa.  Como estás, son muchas las acciones que lleva a cabo este hombre, que pareciera tener una historia de vida  similar a la que usaría un director de cine para plasmar en la pantalla  o un escritor como fuente de inspiración para la mejor de sus novelas, que en este caso llevaría un titulo que él mismo sugiere: “Quiero tener un final feliz”.