Una Mirada De Bronce

Una Mirada De Bronce

martes, 12 de abril de 2011

A 120 km por hora Viaja “El camionero” para tener un final feliz.


Entre carreteras lluviosas  e innumerables parajes  recorre los luminosos paisajes de Colombia; lleva una vida peregrina  sujetada a las condiciones del tiempo y del destino,  aferrándose a una peculiar ilusión, la llegada a Barbosa (Ant). “Don Pepino” o  “Barrigonal” son algunos de los apodos que emplean sus amigos para distinguirle, los mismos que parece que han olvidado su verdadera identidad.
Harold Restrepo, es el  nombre que eligió su padre y el que hoy figura en su arrugada y deteriorada cédula, revelando  las impiedades de un arduo, fatigoso y complejo trabajo, que se convierte en su mayor pasión y encarna los mejores escenarios y actuaciones de su existencia  “ser conductor radica en  comprender que así mismo es la vida, cargar, viajar y llegar a tu destino”.
En compañía de su “cabrilla” y su palanca de “cambios”
Sentado en una hermosa poltrona de madera de cedro, sus ojos naufragan al compás del desvelo y  su cuerpo desprende un extravagante sudor. Una fatiga que no da tregua le recuerda que este es su destino, elegido por su desobediente e irreverente mentalidad enemiga de las aulas de clase. A “Don Pepino”  nunca le gustó estudiar,  aun así se graduó de constructor, de lo que hoy solo recuerda las excesivas golpizas de su padre, El secretario de educación de Barbosa que no comprendía  cómo “la ignorancia” podría ser fruto de sus genes.
A lo largo del tiempo, las circunstancias lo encaminaron en una sola dirección: una “cabrilla”  y una “palanca de cambios”  se convirtieron en sus mejores aliadas, escuchando su  narración de la vida en el campo, la impiedad con las tropas de los reclutas, que lloran la forzosa  apropiación de un gobierno  “donde solo se ensucia de barro y estiércol la pobre minoría de nosotros,  los acomodados, que nos tocó adaptarnos a la pobreza”. Pero también fueron estos dos elementos los que le  acompañaron en las angustiantes horas en las cuales fue víctima del conflicto armado colombiano.
Don pepino que mientras tiroteos, balas, aviones y soldados caídos observa como las FARC matan los conductores  y queman los camiones  en la carretera de Berrio (Ant) ,  recuerda  como las “cuscas”  quemaban su brazo por cada apagada del camión o por introducir su zapato en el acelerador, cuando se supone que era en el freno ;  Actos  que él denomina  “el inicio de mi destino,  de mi carrera” .
Mientras que la gente corría desconcertada  por los gritos y el devenir del ruido, él se encomendaba  a Dios, como única creencia; luego de presenciar un corrompido acto de un sacerdote que lo alejó de las iglesias para siempre.  Sus oraciones se limitaban a la suplica de una nueva oportunidad, porque  en ese entonces conducía un camión de gases altamente peligroso, que  podría  explotar por acción de los violentos.
“fue un milagro” exclama él, al describir cómo la guerrilla sin  ninguna consideración quemaba los camiones, hería “los camioneros” e incluso hurtaban la mejor de las mercancías, gasolina, ropa y víveres de vital importancia para subsistir cómodamente en las selvas colombianas. De esta vez y de otras dos más pudo salir ileso, “gracias a Dios” dice Don Pepino con acento fuerte.
24 horas esperando un aliento de vida
Son muchas las historias que se pueden contar  de una vida errante, que se ve pasar por los innumerables caminos colombianos, ligado a las veintidós  llantas de su tracto-camión  y con la mejor de las compañías, “Don Pepino” puede disfrutar de una agradable canción, o por qué no de los “desocupados”  locutores que “mochan cabezas y aconsejan a sus oyentes seguir adelante luego de una  ruptura de amor”. Escuchar la radio se ha convertido en una ocupación inconsciente, que le permite olvidar que después de las agotadoras jornadas de trabajo, nadie lo espera en casa.
Es el retrato de su difunta esposa y el anhelo de ver a su hijo correr, la constante motivación de esté camionero, que aparte de transportar mercancías en su tráiler, transporta en su espalda “bultos” de ilusiones, entre ellas la salud de su hijo, quien yace en una cama del Hospital Paulo Tobón Uribe, en estado de coma y sin ningún signo alentador que pueda causar a su padre una sonrisa.
Las buenas obras,  fortalecen el corazón
Una biblia en su brazo, ropa deportiva  y una cachucha que usa siempre, es el atuendo para salir de su casa a eso de las seis de la mañana. Se dispone a trotar, práctica que realiza desde que murió su esposa en el accidente aéreo el 16 de agosto del 2010 ocasionado por un rayo en la isla de san Andrés. Y del que a él,  solo le queda en la memoria,  la llamada de una agente de la fuerza aérea avisándole lo ocurrido. “lo lamento, Ana Osorno  falleció”.
“Don pepino” con sus palabras y sus gestos deja al descubierto una más de sus tristezas; el rechazo por este importante y necesario oficio que no goza de la suficiente acreditación social como cualquier otro. Desconsolado solo le queda aferrarse a algún  “motor” para recorrer las carreteras de Colombia, con una esperanza, con una ilusión o esperando un milagro, “ver a mi hijo graduarse de: ingeniero ambiental en la Universidad nacional”.
Así es este ser humano, como los miles que se encuentran en este país,  qué podría estar llorando amargamente por las infortunas del destino; pero
 hoy,  12 de marzo se encuentra consignando el dinero que mensualmente dona a una fundación llamada “visión vida”, encargada  de la alimentación  de niños desnutridos en el municipio de Barbosa.  Como estás, son muchas las acciones que lleva a cabo este hombre, que pareciera tener una historia de vida  similar a la que usaría un director de cine para plasmar en la pantalla  o un escritor como fuente de inspiración para la mejor de sus novelas, que en este caso llevaría un titulo que él mismo sugiere: “Quiero tener un final feliz”.


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