Harold Restrepo, es el nombre que eligió su padre y el que hoy figura en su arrugada y deteriorada cédula, revelando las impiedades de un arduo, fatigoso y complejo trabajo, que se convierte en su mayor pasión y encarna los mejores escenarios y actuaciones de su existencia “ser conductor radica en comprender que así mismo es la vida, cargar, viajar y llegar a tu destino”.
En compañía de su “cabrilla” y su palanca de “cambios”
Sentado en una hermosa poltrona de madera de cedro, sus ojos naufragan al compás del desvelo y su cuerpo desprende un extravagante sudor. Una fatiga que no da tregua le recuerda que este es su destino, elegido por su desobediente e irreverente mentalidad enemiga de las aulas de clase. A “Don Pepino” nunca le gustó estudiar, aun así se graduó de constructor, de lo que hoy solo recuerda las excesivas golpizas de su padre, El secretario de educación de Barbosa que no comprendía cómo “la ignorancia” podría ser fruto de sus genes.
A lo largo del tiempo, las circunstancias lo encaminaron en una sola dirección: una “cabrilla” y una “palanca de cambios” se convirtieron en sus mejores aliadas, escuchando su narración de la vida en el campo, la impiedad con las tropas de los reclutas, que lloran la forzosa apropiación de un gobierno “donde solo se ensucia de barro y estiércol la pobre minoría de nosotros, los acomodados, que nos tocó adaptarnos a la pobreza”. Pero también fueron estos dos elementos los que le acompañaron en las angustiantes horas en las cuales fue víctima del conflicto armado colombiano.
Mientras que la gente corría desconcertada por los gritos y el devenir del ruido, él se encomendaba a Dios, como única creencia; luego de presenciar un corrompido acto de un sacerdote que lo alejó de las iglesias para siempre. Sus oraciones se limitaban a la suplica de una nueva oportunidad, porque en ese entonces conducía un camión de gases altamente peligroso, que podría explotar por acción de los violentos.
“fue un milagro” exclama él, al describir cómo la guerrilla sin ninguna consideración quemaba los camiones, hería “los camioneros” e incluso hurtaban la mejor de las mercancías, gasolina, ropa y víveres de vital importancia para subsistir cómodamente en las selvas colombianas. De esta vez y de otras dos más pudo salir ileso, “gracias a Dios” dice Don Pepino con acento fuerte.
Son muchas las historias que se pueden contar de una vida errante, que se ve pasar por los innumerables caminos colombianos, ligado a las veintidós llantas de su tracto-camión y con la mejor de las compañías, “Don Pepino” puede disfrutar de una agradable canción, o por qué no de los “desocupados” locutores que “mochan cabezas y aconsejan a sus oyentes seguir adelante luego de una ruptura de amor”. Escuchar la radio se ha convertido en una ocupación inconsciente, que le permite olvidar que después de las agotadoras jornadas de trabajo, nadie lo espera en casa.
Es el retrato de su difunta esposa y el anhelo de ver a su hijo correr, la constante motivación de esté camionero, que aparte de transportar mercancías en su tráiler, transporta en su espalda “bultos” de ilusiones, entre ellas la salud de su hijo, quien yace en una cama del Hospital Paulo Tobón Uribe, en estado de coma y sin ningún signo alentador que pueda causar a su padre una sonrisa.
Las buenas obras, fortalecen el corazón
Una biblia en su brazo, ropa deportiva y una cachucha que usa siempre, es el atuendo para salir de su casa a eso de las seis de la mañana. Se dispone a trotar, práctica que realiza desde que murió su esposa en el accidente aéreo el 16 de agosto del 2010 ocasionado por un rayo en la isla de san Andrés. Y del que a él, solo le queda en la memoria, la llamada de una agente de la fuerza aérea avisándole lo ocurrido. “lo lamento, Ana Osorno falleció”.
“Don pepino” con sus palabras y sus gestos deja al descubierto una más de sus tristezas; el rechazo por este importante y necesario oficio que no goza de la suficiente acreditación social como cualquier otro. Desconsolado solo le queda aferrarse a algún “motor” para recorrer las carreteras de Colombia, con una esperanza, con una ilusión o esperando un milagro, “ver a mi hijo graduarse de: ingeniero ambiental en la Universidad nacional”.
Así es este ser humano, como los miles que se encuentran en este país, qué podría estar llorando amargamente por las infortunas del destino; pero
hoy, 12 de marzo se encuentra consignando el dinero que mensualmente dona a una fundación llamada “visión vida”, encargada de la alimentación de niños desnutridos en el municipio de Barbosa. Como estás, son muchas las acciones que lleva a cabo este hombre, que pareciera tener una historia de vida similar a la que usaría un director de cine para plasmar en la pantalla o un escritor como fuente de inspiración para la mejor de sus novelas, que en este caso llevaría un titulo que él mismo sugiere: “Quiero tener un final feliz”.
hoy, 12 de marzo se encuentra consignando el dinero que mensualmente dona a una fundación llamada “visión vida”, encargada de la alimentación de niños desnutridos en el municipio de Barbosa. Como estás, son muchas las acciones que lleva a cabo este hombre, que pareciera tener una historia de vida similar a la que usaría un director de cine para plasmar en la pantalla o un escritor como fuente de inspiración para la mejor de sus novelas, que en este caso llevaría un titulo que él mismo sugiere: “Quiero tener un final feliz”.


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